En los últimos años, la población en general, en su búsqueda por la calidad, ha dado un paso adelante al exigir en los alimentos que consume, además de valores nutricionales o sensoriales, todo tipo de garantías de seguridad higiénico-sanitaria que le asegure su inocuidad y evite cualquier riesgo que atente contra su salud.
Los alimentos son productos perecederos debido a los nutrientes que contienen, a su elevada actividad de agua y a su Ph, siendo los microorganismos los principales agentes de alteración. Cuando la tasa de microorganismos de alteración alcanza ciertos niveles, pueden aparecer profundas modificaciones sensoriales o fisicoquímicas que convierten al alimento en “no apto” para el consumo; sin embargo, se da la circunstancia de que, además de los microorganismos de alteración, el alimento puede contener agentes y microorganismos patógenos (transmisores de enfermedades), algunos de los cuales pueden incluso fabricar toxinas si las condiciones medioambientales son favorables. Si antes de que aparezca cualquier signo de alteración o deterioro en el alimento el crecimiento de estos patógenos ha alcanzado ciertos niveles, al ingerirlo contraeremos una enfermedad de origen alimentario, también llamada Toxiinfección Alimentaria (TIA). Es importante resaltar el hecho de que alimentos aparentemente saludables, con olor, color, sabor y textura completamente normales, pueden contener agentes patógenos capaces de provocar efectos indeseables a la persona que los ingiera.
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